Si hace unos años nos hubieras dicho que estaríamos enviando miles de paquetes a toda España y peleando con las grandes multinacionales, nos hubiéramos reído. Nuestro plan era mucho más sencillo: tener la mejor tienda del barrio. Punto.
Nos gustaba ese ritmo. El de ver entrar a la señora María y saber, antes de que abriera la boca, que venía a por las latas de paté porque su gato hoy se había levantado caprichoso. O el de pasar 20 minutos escuchando a un vecino solo porque sabemos que, a veces, desahogarse es más importante que comprar un hueso.
En el banco nos dirían que perder el tiempo charlando no es rentable. Pero resulta que el interés genuino en la otra persona es la cualidad más importante de un vendedor.
Éramos felices siendo "los de la esquina". Pero pasó lo que pasa cuando te obsesionas con tratar a las personas como personas: que se corre la voz.

